Mi amiga llegó a la casa a las seis de la mañana del domingo. Ya me había llamado previamente y yo casi estaba lista con una rica taza de café, no se me ocurrió preparar manzanilla que de seguro la calmaría más. Abrí la puerta y allí estaba ella con los ojos hinchados de llorar. Nos dimos un abrazo grande y no tenía idea porqué estaba así, la cosa era recibirla e intentar ayudarla. Sus primeras palabras fueron: "...esto es muy duro, amiga..." en el abrazo sentí como temblaba como una hoja de papel.
Desecha en sollozos, trató de explicarme qué le pasaba y sólo me decía lo dificil que era "eso". Finalmente me dijo que encontró tres cartas en el teléfono de su esposo que no eran para ella. Allí si que me quedé en silencio sepulcral. ¿Qué se dice a eso? Menos cuando lo que has visto es una pareja amorosa y sólida, pero como todo puede pasar, me dispuse a escucharla.
Casi no podía contarme, pero entre sollozos y el horror de vivir una de las experiencias más temidas por el ser humano, me contó que se despertó a las cuatro de la madrugada porque se despertó su bebé, una vez que lo ajustó para que se durmiera de nuevo, mi amiga se desveló. Así que agarró el teléfono de su esposo y se puso a jugar brickbreaker, el de la pelotica.
En medio del juego, se le ocurrió ver el block de notas del teléfono para ver si su esposo había terminado la carta que estaba haciendo para el día de las madres. Justo el día que ella decide abrir el teléfono de su esposo, lo que encontró fueron tres cartas donde declaraba su amor... pero a otra. ¡tremendo regalo!
Me contó que se las había mandado a su teléfono para que no "desapareciera la evidencia"
Ella comenzó a leerme las cartas, pero no pudo. Se le entendía poco y yo escuchaba como frases inconexas. Le dije: - ¿A quién se le ocurre revisar el teléfono del esposo a las cuatro de la madrugada? ¿Qué hacias tú haciendo eso? Léelas -fue su respuesta.
Las leí. De verdad que eran cartas de amor, incluso un poco pasadas de melao melcochoso, eran como frases puestas para decir demasíado-mucho-bonito. La tercera carta era como más interesante porque era la respuesta de "ella" quien se llamaba a sí misma "la clandestina" nombre perfecto para una persona en discordia, personaje ícono de la vida de cualquier historia que se respete.
El esposo comenzó a llamar. Mi amiga, por supuesto, no quería hablar con él, sin embargo, le escribió al blackberry diciéndole que en ese momento no quería hablarle, pero que dentro de un rato iría a su casa. El esposo insistió. Mi amiga habló y le dijo entre llanto, algunas cosas. Yo la dejé sola en su conversa, pero poco a poco el tono iba cambiando, hasta hacerse casi normal, sin reclamos.
Regresé con una segunda taza de café y con mi amiga quien estaba más tranquila. Le pregunté cómo sintió a su esposo, y me dijo: "amiga, lo sentí firme y sincero" - ¡Ah qué bueno! ¿y qué pasó? ¿Porqué esas cartas? -Amiga, me siento hasta con pena... esas cartas... esas cartas son... son las cartas de ejercicio que él escribió para el concurso Cartas de amor de Montblanc.
Problema resuelto. Misterio develado. Montones de risas.
Cuando era pequeña mi escondite favorito fue inventar un alfabeto para escribir libremente.
martes, 11 de mayo de 2010
sábado, 8 de mayo de 2010
La comida y las hormonas
Conocí una vez un hombre que sus temas preferidos eran la comida y las hormonas, sin que ese fuera el orden estricto de su gusto. Con respecto a las hormonas, juraba casi de modo religioso-fanático que las hormonas eran las responsables de cuando te gustaba alguien y lo más importante, cuando la debías dejar: entre seis, máximo nueve meses, categóricamente. Esto lo condimentaba con la comida, pues una vez me contó que dejó a una novia o “amiga” como más le gusta decir de las mujeres con las cuales se enreda (entiéndase de piernas nada más) porque se acabó la temporada de castañas y ya no tenía ninguna razón para continuar el amorío. Nunca comprendí si en la preferencia de las castañas actuaban las hormonas o viceversa.
Juraba que podía llorar delante de un plato de comida de su agrado, que sus pupilas gustativas se convertían en lágrimas por eso de que estaba frente a algo más allá de su propia comprensión culinaria, pero era capaz de desaparecer frente al amor de una mujer y no botar ni una sola lágrima.
Imagino que así, entre las hormonas y la comida, se convirtió en un glotón emocional que tendría el lema de Eudomar Santos “como vaya viniendo, vamos viendo” con una pequeña variación: “Como vaya viniendo, vamos comiendo”
Tal vez un día se siente y llore por el amor de una mujer y frente a un plato de comida sólo lo disfrute.
Juraba que podía llorar delante de un plato de comida de su agrado, que sus pupilas gustativas se convertían en lágrimas por eso de que estaba frente a algo más allá de su propia comprensión culinaria, pero era capaz de desaparecer frente al amor de una mujer y no botar ni una sola lágrima.
Imagino que así, entre las hormonas y la comida, se convirtió en un glotón emocional que tendría el lema de Eudomar Santos “como vaya viniendo, vamos viendo” con una pequeña variación: “Como vaya viniendo, vamos comiendo”
Tal vez un día se siente y llore por el amor de una mujer y frente a un plato de comida sólo lo disfrute.
domingo, 2 de mayo de 2010
Cambio instantáneo
Hay que reparar los amortiguadores, los frenos delanteros, las rótulas, el caucho, el aire y queda como nuevo. Así te lo dicen y así es. Se quitan y se ponen piezas y todo queda como nuevo. Se siente al manejar, se siente al volver a usar.
Pastilla derecha, sustituye.
Amortiguador Izquierdo, sustituye.
Es cambiar una pieza por la otra, nada más. No va uno a tirar el carro porque no sirve y no se le lleva a ningún terapeuta para que entienda que debe cambiar.
Para matar las horas de hastío, me divertí haciendo algunas fotos, probando este sitio coloridamente gris y viendo la combinación de unos impecables zapatos blancos con la grasa. Me acerqué para ver si estaban envueltos en envoplast y no, era sólo el cuidado de gente que sabe que aún con grasa, puede haber limpieza y orden.
Qué rico sería que podamos hacer lo mismo con algunas cosas en nuestra mente.
Pensamiento sobre la ciudad: cambiar.
Pensar en políticos: eliminar.
Pensar en mejorar: ajustar y engrandecer.
Pensar en trabajo: nuevo equipo de luces.
Pensar en los pendejos en los cuales he perdido tiempo y fe: al igual que la limpieza y la mugre siempre se puede cambiar!
Pastilla derecha, sustituye.
Amortiguador Izquierdo, sustituye.
Es cambiar una pieza por la otra, nada más. No va uno a tirar el carro porque no sirve y no se le lleva a ningún terapeuta para que entienda que debe cambiar.
Para matar las horas de hastío, me divertí haciendo algunas fotos, probando este sitio coloridamente gris y viendo la combinación de unos impecables zapatos blancos con la grasa. Me acerqué para ver si estaban envueltos en envoplast y no, era sólo el cuidado de gente que sabe que aún con grasa, puede haber limpieza y orden.
Qué rico sería que podamos hacer lo mismo con algunas cosas en nuestra mente.
Pensamiento sobre la ciudad: cambiar.
Pensar en políticos: eliminar.
Pensar en mejorar: ajustar y engrandecer.
Pensar en trabajo: nuevo equipo de luces.
Pensar en los pendejos en los cuales he perdido tiempo y fe: al igual que la limpieza y la mugre siempre se puede cambiar!
viernes, 30 de abril de 2010
Por cinco minutos
Me estacioné en el Celarg, donde Manuel el parquero me dice "chica, tenías días sin venir, párate allí, hoy vas a ser gerente de operaciones". Este divertido juego comenzó cuando estudiaba mi curso con Mónica Montañés, donde todos los miércoles a las cinco de la tarde llegaba a mis clases y Manuel me dejaba pararme en el estacionamiento de PB que está reservado a la directiva de la Casa Rómulo Gallegos. Por ese día, era alguno de los personajes que tiene puestos exclusivos en la planta baja, y así cada miércoles era Gerente de comunicaciones, Director de finanzas, Sub director y unos cuantos personajes más. Ya mis clases terminaron, pero fui a estacionarme allí para ir a la feria del libro en la plaza Altamira.

Llegué a la Plaza y mi cara se convirtió en sonrisa completa al verla llena de tiendas preciosas, mesas y sillas con toldos, gente sentada en la grama, muchos libros y una certeza de que algo diferente estaba pasando en ella. Fue una alegría sentir que por cinco minutos, la plaza con su feria era Venezuela, donde el tema eran los libros, donde disfrutar era el norte, tomarse un café con leche en el cafecito que allí está, ver libros otra vez, comprarlos, reír con la gente desconocida, encontrarse con amigos que no veía hace tiempo, ver sonrisas y gente que estaba tranquila compartiendo sin los aires de furia que rodean mi ciudad.
Me lo disfruté como si estuviera en Europa: poesía al aire libre, cuenta cuentos con cornetas de carro y vista al Ávila, pero me lo disfruté sobre todo porque era en Caracas, la que hoy para mí, limita por el norte con Altamira y por el Sur con Las Mercedes. Hoy, estaba más grande mi ciudad, sentía que podía recorrerla con la confianza de hace unos años, incluso sabiendo que era sólo una plaza muy pequeña, la recorrí en la vastedad de su aire de lo posible y por cinco minutos, al igual que los personajes que me daba el parquero del Celarg, hoy fui aquella de hace unos años atrás, donde caminé con la libertad de mi cartera al hombro y una sonrisa permanente en la cara.
domingo, 25 de abril de 2010
¡Caja de sorpresas!
Levantada bien temprano como en todas las elecciones, me vestí cómoda, comodísima: Jeans, camisa fresca con mi sweater dentro del bolso, tennis, paraguas, cigarros, café, libro, teléfono full de baterías, lapíz y papel y mi camarita chiquita porque uno nunca sabe con qué se va a encontrar en esta ciudad: bandas de motorizados de los grupos que visten como con palos y piedras, lluvia torrencial, revueltas. Hay candidatos que son amigos de colas de tantas elecciones que ya me saludan y me preguntan ¿qué más? ¿cómo va la fotografía?
Me paro bien lejos de donde me toca votar. Hago mi caminata electoral hasta el colegio y llego a mi cola de la mesa 5. Todo el mundo quiere explicarme cómo votar y los dejo, porque debe ser bien duro estar allí desde tan temprano en la mañana ayudando a que todos votemos.
Me impresiona que el rato que paso en la cola, veo a muchas personas con discapacidad motora ejerciendo su derecho al voto, eso me encanta y de mi parte les doy una ovasión, porque no hay nada que les impida hacerlo.
También veo a mucha gente mayor y pocos jóvenes ¿será que vienen más tardecito?
Veo a un candidato dar como 5 entrevistas y en todas, el panita tiene el disco pegado de invitar a la gente a votar, con mucho ánimo, aunque su cara luce unas ojeras espántosas e incluso un poco de delgadez.
Tarda como treinta mínutos en recorrer cuatro metros porque cada medio de comunicación quiere la primicia de sus palabras, aunque una de las personas que estaba entre el grupo de periodistas (no sé si era reportero, productor o curioso, sólo sé que es mujer) cuando pasó por mi lado dijo: "éste está más flaco que perro e´ rancho" y sí, el pantalón le caía por detrás como si le faltara carne.
Y finalmente, una persona que me vió directamente a los ojos, que ojalá su voto, así como sus oraciones, nos traigan un nuevo aire.
viernes, 23 de abril de 2010
A propósito de algo que escribo
Unas palabras de Leonardo Padrón:
“El venezolano es una sonrisa que oscila entre el descreimiento y la ilusión. Un espíritu astuto y callejero, emboscado entre la fiesta y la abulia. Cultivamos la lujuria y la amnesia, el abrazo y la apatía. Somos seres ruidosos y conservadores, esnobistas y ligeros de sangre. Magníficos para los días de sol y, por lo tanto, condenados a la eterna juventud. Dignos hijos del bolero y la imaginación. Extraños alquimistas proclives a transformar la política en chisme y el petróleo en dengue. Somos a su vez, un catálogo de buen humor y malas estadísticas. Tan enamoradizos y apetentes de afecto que cualquier malabarista iletrado nos convence. Y, sobre todo, somos dueños de una preciosa paradoja: a pesar de tener una colección de pésimos gobernantes somos inauditamente felices”.
Todo en Domingo, El Nacional, 7 de octubre de 2001
“El venezolano es una sonrisa que oscila entre el descreimiento y la ilusión. Un espíritu astuto y callejero, emboscado entre la fiesta y la abulia. Cultivamos la lujuria y la amnesia, el abrazo y la apatía. Somos seres ruidosos y conservadores, esnobistas y ligeros de sangre. Magníficos para los días de sol y, por lo tanto, condenados a la eterna juventud. Dignos hijos del bolero y la imaginación. Extraños alquimistas proclives a transformar la política en chisme y el petróleo en dengue. Somos a su vez, un catálogo de buen humor y malas estadísticas. Tan enamoradizos y apetentes de afecto que cualquier malabarista iletrado nos convence. Y, sobre todo, somos dueños de una preciosa paradoja: a pesar de tener una colección de pésimos gobernantes somos inauditamente felices”.
Todo en Domingo, El Nacional, 7 de octubre de 2001
jueves, 22 de abril de 2010
Caracas: entre lluvia y sequía, entre te quiero y te detesto
Tengo rato viendo mi ciudad así como en esta foto que tomé hace poco.
¿Hago las maletas y me voy? o ¿Mejor hago las maletas y voy y vengo? Los que están allá dicen estar felicísimos de haberse ido, de hecho atropellan la ciudad con nombres como Karakastán, caostrópolis, entre muchas otras formas de describirla (yo también lo he hecho, shame on me), y los que están aquí todos los días ruegan a Dios de encontrar la fórmula que los lleve a vivir fuera de estas sucias y teñidas tierras.
¡Qué vaína la contradicción!
Hay veces en la cual uno no puede vivir consigo mismo y busca eso que te haga sentir que hay un futuro pero que uno no lo consigue porque realmente no se está en ningún lado.
Abundan en mi ciudad los malandros, los balurdos, los malandros otra vez, la gente que cornetea en las colas, el que te mienta la madre mientras te dice bruta y remata con un "tenías que ser mujer".
Ayer, bajo un palo de agua descomunal, agarré una subida con un río de piedras y agua que movieron mi carro un pelín (nada que me fuera cerro abajo) tuve que tener sangre fría para seguir y que no me diera un ataque de histeria, por supuesto en el primer lugar medio despejado me paré y el cuerpo parecía que tenía un ritmo propio de tambores, de movimiento tan fuerte que tuve que respirar y darme una orden y calmarme para no llorar.
En ese momento, un carro negro se paró a mi lado y un muchacho bajó la ventana y me dijo: "mira, me voy a parar aquí igual que tú, porque si tú te paras yo me paro, tú venías abriéndome paso entre el agua y mejor me espero y te sigo hasta que sigas" y en un momento tan feo como ese, no me quedo otra que seguir siendo valiente, decirle ok y quedarme dentro del carro un buen rato hasta que bajara el nivel del agua.
Qué desespero siento con una ciudad que no está hecha ni para la sequía ni para la lluvia, o que no está hecha para nada. Amo esta ciudad porque me gusta mucho la gente de aquí. Sé todo lo que se dice de la gente de aquí: flojos, malandros, abusadores, vivarachos, bochincheros, balurdos, niches, etcétera, pero sé también que hay gente hermosísima como mi familia y mis amigos, que son y no parecen ser algo en la vida de uno.
Al que se va, lo apoyo, si puede ¿porqué no? si hacer la vida que uno sueña es lo mejor que le puede pasar a alguien, a quien se queda también, porque allí está su corazón y su deseo.
Amo esta ciudad no por su arquitectura que como bien escribió una vez José ignacio Cabrujas...
"...Somos la maqueta de una ciudad universal, incapaz hasta ahora de encontrar su financiamiento. Todo lo que hemos levantado nos pareció en algún momento cierto, pero sólo con la certeza del parecido. En el fondo somos la literatura de una ciudad que debe existir en trocitos en el resto del planeta..." ( José Ignacio Cabrujas, 1988)
Venezuela son momenticos, son gente y son poquitos. Qué flaco concepto, ¿no?.
¿Hago las maletas y me voy? o ¿Mejor hago las maletas y voy y vengo? Los que están allá dicen estar felicísimos de haberse ido, de hecho atropellan la ciudad con nombres como Karakastán, caostrópolis, entre muchas otras formas de describirla (yo también lo he hecho, shame on me), y los que están aquí todos los días ruegan a Dios de encontrar la fórmula que los lleve a vivir fuera de estas sucias y teñidas tierras.
¡Qué vaína la contradicción!
Hay veces en la cual uno no puede vivir consigo mismo y busca eso que te haga sentir que hay un futuro pero que uno no lo consigue porque realmente no se está en ningún lado.
Abundan en mi ciudad los malandros, los balurdos, los malandros otra vez, la gente que cornetea en las colas, el que te mienta la madre mientras te dice bruta y remata con un "tenías que ser mujer".
Ayer, bajo un palo de agua descomunal, agarré una subida con un río de piedras y agua que movieron mi carro un pelín (nada que me fuera cerro abajo) tuve que tener sangre fría para seguir y que no me diera un ataque de histeria, por supuesto en el primer lugar medio despejado me paré y el cuerpo parecía que tenía un ritmo propio de tambores, de movimiento tan fuerte que tuve que respirar y darme una orden y calmarme para no llorar.
En ese momento, un carro negro se paró a mi lado y un muchacho bajó la ventana y me dijo: "mira, me voy a parar aquí igual que tú, porque si tú te paras yo me paro, tú venías abriéndome paso entre el agua y mejor me espero y te sigo hasta que sigas" y en un momento tan feo como ese, no me quedo otra que seguir siendo valiente, decirle ok y quedarme dentro del carro un buen rato hasta que bajara el nivel del agua.
Qué desespero siento con una ciudad que no está hecha ni para la sequía ni para la lluvia, o que no está hecha para nada. Amo esta ciudad porque me gusta mucho la gente de aquí. Sé todo lo que se dice de la gente de aquí: flojos, malandros, abusadores, vivarachos, bochincheros, balurdos, niches, etcétera, pero sé también que hay gente hermosísima como mi familia y mis amigos, que son y no parecen ser algo en la vida de uno.
Al que se va, lo apoyo, si puede ¿porqué no? si hacer la vida que uno sueña es lo mejor que le puede pasar a alguien, a quien se queda también, porque allí está su corazón y su deseo.
Amo esta ciudad no por su arquitectura que como bien escribió una vez José ignacio Cabrujas...
"...Somos la maqueta de una ciudad universal, incapaz hasta ahora de encontrar su financiamiento. Todo lo que hemos levantado nos pareció en algún momento cierto, pero sólo con la certeza del parecido. En el fondo somos la literatura de una ciudad que debe existir en trocitos en el resto del planeta..." ( José Ignacio Cabrujas, 1988)
Venezuela son momenticos, son gente y son poquitos. Qué flaco concepto, ¿no?.
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